Reportaje del periodico El Mundo en el cual aparece un paisano

 

Domingo, 12 de noviembre de 2000 - Número 265

MILI | EL SORTEO FINAL

Hablan tres patriotas
UN MUSULMÁN, un pastor, un albañil... Jóvenes cuentan por qué ellos sí están dispuestos a ir a la última mili. Más del 75% de los sorteados este año se zafarán de ella

ANA MARÍA ORTIZ
Antonio Tajuelo
Qué dices... Que no tía, que no voy a hacer la mili, que voy a ser objetor, como mi hermano!». Martes 7 de noviembre. La primera llamada para intentar dar con uno de los últimos reclutas españoles termina pronto. El joven, previo lanzamiento de todo tipo de improperios contra el Ejército, cuelga el teléfono a CRONICA en cuanto se le menciona el uniforme. Intento frustrado.

Paciencia. A las 00.00 horas del pasado miércoles un complicado sistema informático comenzaba a agitar números, soldados, destinos, fechas de incorporación... La máquina encargada de sincronizar las necesidades de los tres ejércitos y las preferencias de los reclutas termina en cuatro horas el último baile de cifras. Veredicto: de los 90.625 jóvenes sorteados, 65.250 irán al Ejército de Tierra, 10.875 a la Armada y 14.550 al Ejército del Aire. En el bombo sólo estaba un reducidísimo grupo de los españoles a los que les tocaba cumplir con la patria: más de 955.000 han eludido la cita (95.000 se habían acogido hasta octubre a la objeción de conciencia y 861.743 disfrutan de una prórroga por estudios, por consolidación del trabajo, mantenimiento de la familia...).

Continúa la búsqueda de los últimos rostros de la mili. Suena el teléfono en el domicilio de Noel Naranjo, toledano de 18 años: «Sí, mi hijo ha sido sorteado pero es que hoy mismo ha ido a Toledo a la revisión porque es miope y no puede hacerla». En Madrid, Antonio, 26 años, susurra la negativa: «No se lo diga a nadie porque trabajo en una empresa relacionada con el Ejército y no estaría bien visto. Me ha tocado Barcelona pero voy a objetar». Tampoco aparecen futuros reclutas en Pedrezuela (Madrid): 1.600 habitantes, ocho quintos, ocho objetores... ¿Es que alguno de los más de 90.000 sorteados piensa hacer la mili?

Por fin. Son las 14.00 horas del miércoles. Poco parece importarle a Nabil Hamen Bagdad que sea la hora en la que el Ministerio de Defensa pone a disposición los resultados del sorteo. Hoy no ha ido a trabajar y en su casa en Camuñas (Toledo), o más bien en su cuarto, todavía no han tocado diana. Se despereza el adolescente, nacido en Melilla en el seno de una familia musulmana y único varón de los seis hijos del ex legionario Abdelkader, y asiente entre bostezos: «Voy porque me mola». Sí, él va a hacer la mili, el único de los 22 quintos de Camuñas, adonde llegó su familia desde Melilla en 1986.

Puede parecer que exagera Francisco Castañón, director de la Oficina del Defensor del Soldado, cuando afirma que de los reclutas sorteados sólo el 25% («siendo generosos») hará el servicio militar en el 2001. «Las Fuerzas Armadas necesitan que se incorporen 20.000 jóvenes para disponer de un mínimo de 100.000 soldados, pero no sé si van a llegar a los 15.000», afirma. El muestreo realizado por CRÓNICA a la captura del recluta le da la razón: consultados 30 jóvenes de entre los sorteados, el resultado es de 25 noes. Todos pueden, hasta 24 horas antes de su incorporación a filas, declararse objetores. Entre los cinco síes está el de Jorge Izquierdo, madrileño, reponedor de Continente, que «pasa» del reportaje; Miguel Ángel Barragán, Berlanga (Badajoz); Antonio Tajuelo, Villarrubia (Ciudad Real); Alfonso Chaves, Cazalla de la Sierra (Sevilla) y el presentado Nabil. Ellos sí están dispuestos a ponerse firmes. A Nabil estamos a punto de perderlo (como futuro recluta, claro) durante la entrevista. Son casi las 12.00 horas de la mañana del jueves, el día siguiente de nuestro contacto telefónico, festividad de la Almudena en Madrid, y hay que arrancarlo de las sábanas para hacerle la fotografía. Lleva un pendiente en la nariz, dos en la oreja y un cuarto en el ombligo. De su pelo, tapado con una gorra, cuelga una coleta. Hace dos meses que comenzó a trabajar como albañil y todos los días hace más de 120 kilómetros hasta Madrid. Gana unas 160.000 pesetas al mes.

«He pedido Canarias, ¿sabes? Estuve una vez hace cuatro años y me gustó demasiado. Allí está el rollo que a mí me va, gente de todos los lados, de todas las razas... El Ejército no es mi mundo, te quitan la libertad, eres un mandado de cuatro que llevan una banderita en el hombro y se creen que se van a comer el mundo...», espeta.

Es tal su desinterés por el tema que 24 horas después del sorteo aún no sabe si disfrutará de «nueve meses de vacaciones» en las islas bonitas. «¿Cómo?, ¿que me han dado la Región Militar Centro? Venga, no jodas. Zona centro, madre mía, ni de coña. ¿Pero cómo han hecho eso? Yo si me voy me tengo que ir lejos para ver mundo. Y encima en enero, qué pringao. Me has dejado flipao».

Quedan 414 días para que en la mili se rompan filas definitivamente, después de 188 años de existencia. El servicio militar sólo se interrumpió en 1873, cuando, tras la proclamación de la primera República, se realizó el primer intento de profesionalizar el Ejército. Duró seis meses. Pero poco saben nuestros reclutas de la historia de la mili, aunque vayan a escribir sus últimas páginas. Es más, de los cuatro entrevistados sólo uno conoce el nombre del ministro de Defensa. Y le cuesta. «Espera, no me lo digas me suena, me suena... ¡¡¡Federico Trillo!!!», responde triunfante Antonio Tajuelo, vecino de Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real) pero al que encontramos en S'Horta (Palma de Mallorca) trabajando como peón de albañil con su padre. Le encantan las películas del Ejército (La delgada línea roja y Salvar al soldado Ryan son sus preferidas) y está dispuesto a vestir de uniforme porque le apetece «ver de qué va ese mundo» y no le parece nada bien «lo de ser objetor». Dicen que se da un aire a Raúl, el cantante, lo que le enorgullece casi tanto como ir a la mili por los pelos. Nació el 30 de diciembre de 1982. De haberlo hecho dos días después, ya en 1983, se habría librado de la llamada de la patria.

Por 19 días no se ha librado («para mi fortuna», dice) Miguel Ángel Barragán. Un chico pecoso, sonriente, sorprendido mientras cuidaba, como en los últimos cuatro años, el rebaño de 300 ovejas que tiene su abuelo en Berlanga (Badajoz). Está ansioso por coger el petate y cansado, mientras espera la incorporación, de oírle decir al abuelo Miguel que lo suyo sí que fue una mili dura, «y no la que se hace ahora». Aficionado a la caza, tiene cinco perros y aprendió a montar a caballo casi al tiempo que a andar. Si se le pregunta que por qué está dispuesto a ocupar litera en un cuartel comienza a enumerar una retahíla de atractivos: «Lo que más me gusta es desfilar, el uniforme... Y la banda de música. Tocaba el tambor en la del pueblo pero desapareció hace un año. Y las armas, estoy deseando tener el cetme entre las manos. Y por cambiar de aires, hacer nuevos amigos. Uno se cansa de vivir en un sitio pequeño y ver las mismas caras todos los días».

Nuestro cuarto recluta, Alfonso Chaves, no conoce a nadie en Cazalla de la Sierra (Sevilla) que vaya a ir a la mili. Josefa, su madre, ya se ha cansado de intentar hacerle desistir. Su hermano mayor, de 25 años, quien disfruta de una prórroga, también. «Está fascinado con el Ejército», dice su madre, resignada, «desde que era un niño y contemplaba pasmado las fotos que su tío nos enviaba desde la mili». Él tiene sus propias razones: «Curiosidad. Y las cosas que veo en la televisión sobre la mili me gustan: las armas, el uniforme... Y no me quiero hacer objetor de conciencia por si en el futuro me decido a seguir los pasos de mi padre, que es sargento de policía». Su padre nunca fue a la mili.