Sociedad

«Del hilo del que están tejidos los sueños»: En memoria de Antonio Millán Hernández, fallecido este lunes

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José Manuel Peláez Ropero. Investigador del Grupo de Estudos Culturais del Centro de Estudos de Comunicação e Sociedade (CECS) de la Universidade do Minho, Braga, Portugal. Querido Antonio: ¿Cuándo y porqué nace una vocación? Hoy quiero confesarte que, en mi caso concreto, mi amor por el séptimo arte, convertido después en objeto de estudio e investigación, surgió alrededor de un pequeño envase de latón de color ocre, una caja de cola – cao decorada con motivos orientales donde mi madre guardaba celosamente, como si se trataran de las ardientes cartas de un enamorado, su vieja y manoseada colección de programas de cine.

Carteles de colores vivos en los que aparecían, en pleno esplendor, las glorias del cine español del momento junto a lo más granado del Hollywood clásico, y en cuya trasera casi siempre aparecía estampado, como garantía de una promesa de fantasía y felicidad a partes iguales, el sello de una empresa cinematográfica local que pronto se tornó mítica para mi,  Cines Millán.

De los labios de mi madre conocí pronto los avatares de tu abuelo, Alfredo, y sus particulares rifirrafes con los mozos que cada semana invadían el gallinero de aquel destartalado pero entrañable edificio donde varias generaciones de villarrubieros intuyeron en imágenes un futuro que sólo sería factible en nuestro país a mediados de los años setenta. Eran, mi querido amigo, otros tiempos. Una época dominada por todo tipo de estrecheces en la que ,sin embargo, uno podía aspirar a ser feliz por el módico precio de una entrada de cine. Años de posguerra, de inmigración forzada y limitaciones de todo tipo, en los que el público llenaba las salas cinematográficas, haciendo gala de un notable sentido crítico. Tiempos en blanco y negro, primero,  y en tecnicolor más tarde, en los que el cine se convertiría en una ventana abierta al mundo, en una auténtica fábrica de sueños gracias a la cual millones de españoles supieron de la existencia de otras realidades y vivieron experiencias personales que influirían de manera decisiva en el posterior proceso de democratización del país.

Aunque, siendo adolescente, ya me había convertido en un asiduo de vuestro local y de aquellas maratonianas sesiones dobles que llenaban de imágenes las largas tardes de domingo, sólo intercambiamos nuestras primeras palabras unos años más tarde. Por aquel entonces, yo era un estudiante enfermizamente tímido, y tú un polifacético extrovertido e inquieto, dos personajes en busca de autor a los que unía un interés común, estimular la vida cultural de un pueblo, Villarrubia de los Ojos, que en aquellos momentos – a mediados los ochenta- bullía de deseos de cambio. Fueron años de colaboración y voluntariado en los que siempre encontré tu sabio consejo y tu fiel ayuda. Y, paralelamente, una sincera amistad que me ayudó a perfilar un perfil profesional que aún tenía muy confuso.

Como si fuera ayer, recuerdo largas tardes en tu taller, hablando de lo divino y de lo humano, y como no, de nuestra gran pasión común, el mundo del cine. Contigo conocí la historia de tu familia, y  las múltiples complicaciones  y desvelos que suponía gestionar una modesta empresa de cine en un tiempo de censura y oscurantismo. Por ti supe que la propaganda nazi había llegado incluso a los pueblos del interior de La Mancha, y aún vislumbro tu ardor hablándome de los gigantescos rollos de película  y decenas de revistas de gran formato -la lujosa Signal – que un día, siendo adolescente, habías descubierto en un sótano de vuestro cine,  material perdido por desgracia años más tarde. Junto a ti manejé el primer proyector cinematográfico que vi de cerca en mi vida. Ya en el nuevo siglo, estuvimos juntos, con Luis Modesto Urda y otros muchos amigos y colegas, en aquella aventura llamada Bogart – Cine Club, y aún guardo en mi memoria tu emoción con aquella primera proyección dedicada a tu familia, la ya mítica Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. Pero, especialmente,  escuchándote aprendí a hacer crítica de filmes. Nunca te lo dije, pero hay algo que siempre admiré de ti. Quizás fuera tu entusiasmo y tu vitalidad a raudales, pero charlar contigo sobre este tema era algo tan natural como la vida misma. Tenías la virtud de hablar de los grandes de Hollywood como si fueran personajes que cada tarde compartieran tertulia contigo sentados en tu mesa camilla. Con esa bonhomía que te caracterizaba, humanizabas a los personajes de una manera magistral, como un Tavernier pasado por el tamiz manchego, resaltando siempre lo positivo que había en cada uno de ellos y en sus respectivas interpretaciones. Y todo ello regado de jugosas anécdotas, fruto de largos años de visionado de películas, de auto – aprendizaje continuo y de un sentido estético exquisito, que, con el paso de los años, acabaste desarrollando en otros campos, como el montaje teatral, la escritura o el arte.

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El transcurrir del tiempo y el desarrollo de nuestras respectivas trayectorias vitales nos separó, infelizmente, aunque intercambiamos algún que otro mensaje en la lejanía. Hasta hoy, cuando tuve conocimiento de tu partida. De manera discreta y humilde, como fue tu vida en todos sus aspectos.

Hoy más que nunca, he recordado un comentario tuyo que me causó gran impresión cuando lo oí durante una calurosa tarde de verano, compartiendo un par de cervezas en la terraza de una cafetería Por aquel entonces, y harto de sinsabores profesionales en mi área de conocimiento, había decidido dar el salto a un nuevo perfil académico, y andaba anhelante a la búsqueda de un tema de investigación, centrado en el futuro del cine como arte y actividad profesional. Recuerdo que, tras comentarte mi proyecto, me miraste fijamente a los ojos y, con tu típico gracejo, me dijiste que podrían pasar los años, y acontecer todo tipo de hechos, pero que el cine no desaparecería nunca porque está construido del mismo material que nuestros sueños. Tomé nota de aquella frase, que sería el inicio de mi futura tesis doctoral y te convertí, a partir de aquel momento, en uno de mis maestros y referentes, aunque nunca llegaras a saberlo ni yo a agradecértelo personalmente.

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Por eso, hoy recojo de nuevo el espíritu de aquella conversación, y vuelvo a hacerlo mío, en estas líneas que te dedico desde el recuerdo y la emoción más profunda.   Y es que hoy sé, querido y admirado Antonio, que continuarás siempre entre nosotros. Y que sentiremos tu presencia, a nuestro lado, cada vez que se apague la luz en una sala de cine y un proyector comience a hacer visibles las imágenes sobre una pantalla.  Porque tu ser, menudo e inquieto, estaba confeccionado, igualmente, de ese mismo hilo con el que se tejen los sueños: de bondad, de dedicación y entrega a los demás, de compromiso y de ilusión. El mismo tejido con el que se forjaron todas aquellas películas que han conformado nuestra memoria sentimental, individual y colectiva, y gracias a las cuales aprendimos a desempeñar el papel más importante de nuestras vidas, a vivir como seres humanos plenos, dotados de voz, deseos y personalidad propios.

Antonio Millán Hernández, miembro de una familia dedicada durante varias décadas a la exhibición cinematográfica en Villarrubia de los Ojos, crítico, escritor y artista polifacético y autodidacta, fallecido en Ciudad Real el pasado lunes 18 de enero. IN MEMORIAM.



Fuente : https://www.miciudadreal.es/2021/01/19/del-hilo-del-que-estan-tejidos-los-suenos-en-memoria-de-antonio-millan-%ef%bb%bfhernandez-fallecido-este-lunes/

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