Montes Norte: un aceite con historia, nombre y apellidos

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Hay aceites que saben a tierra, a manos encallecidas, a generaciones que supieron que solos no llegarían lejos. El aceite de Montes Norte es uno de ellos. Para entenderlo de verdad, hay que escuchar a Macario Rodríguez-Rey y a Cesáreo Domínguez, dos hombres cuya memoria es, en sí misma, un archivo vivo de Grupo Montes Norte y las cooperativas que lo forjaron.   

Macario entró a trabajar en la Cooperativa Santísimo Cristo del Espíritu Santo concretamente en la de Malagón en 1970, con catorce años. Cincuenta años después, al preguntarle por aquellos días, su voz no esconde el orgullo: “Ha sido mi vida la cooperativa. No he trabajado en otra empresa”. Su hermano llegó poco después. Trabajaron juntos, como una extensión natural de la familia, en un lugar que era mucho más que un negocio. Era, dice, “el vínculo que une nuestro pueblo con nuestros antepasados”.

Porque la cooperativa no nació de un capricho ni de un plan empresarial. Nació de la rabia justa de los pequeños agricultores, hartos de que las grandes empresas se aprovecharan de su trabajo. Se unieron para defenderse, para crear algo suyo. Y lo que crearon fue casi una institución de bienestar social: cuando no existía Seguridad Social, la cooperativa ayudaba a los socios enfermos. Cuando el dinero escaseaba, los socios podían llevarse aceite en cántaras de 25 o 30 litros y pagar después, cuando llegara la liquidación de la cosecha. El dinero circulaba dentro, entre la gente del pueblo.

Cesáreo, nieto del fundador, lo resume con la sencillez de quien ha vivido algo desde dentro: “Esto se creó porque había una necesidad”. Nadie les garantizaba dónde vender la uva ni la aceituna. Había años en que los almacenes privados cerraban las puertas cuando llegaba una cosecha abundante. El producto terminaba pudriéndose o siendo tirado. Así que se pensó, se organizó, y se construyó algo duradero.

Transformación desde la tradición

La transformación más profunda llegó con el cambio del sistema de molienda. Durante décadas, la almazara funcionó con rulos, prensas y capachos: un método lento, físico, casi ritual. Macario recuerda el escepticismo de los socios ante la llegada del sistema continuo de centrifugación. “Costó mucho cambiarles. Hubo que hacer excursiones a pueblos donde ya lo tenían instalado para que la gente se lo creyera”. Temían que todo fallara, que la tradición se rompiera.

Pero la tradición no se rompió; se multiplicó. De moler 30.000 kilos al día se pasó a 70.000. Y de ahí, con los años y las fusiones con cooperativas de pueblos vecinos, a que esa planta fuese capaz de procesar hasta 1 millón de kilos en 24 horas. Lo que antes era una almazara de pueblo con pozos de sal para conservar la aceituna es hoy una de las instalaciones más modernas de Castilla-La Mancha.

La cornicabra

Si hay un elemento que define la identidad del aceite de Montes Norte es la variedad cornicabra. No es la más productiva. No es la más fácil. Pero para Macario y Cesáreo, ninguna otra le llega a la suela del zapato en materia de sabor, de arraigo y de historia.

Las nuevas variedades (arbequina, picual, hojiblanca) producen más kilos, dan cosecha casi todos los años y se adaptan bien al regadío y a la recolección mecánica. Frente a eso, la cornicabra, de secano y vecera, parece perder la batalla económica. Pero sus defensores argumentan algo que no aparece en ninguna hoja de cálculo: el sabor. “Que salga el amargor, que chorree en las ensaladas; eso es cuando verdaderamente te estás comiendo un buen aceite”, dice Macario.

Un aceite con nombre y apellidos

La calidad del aceite de Montes Norte no es solo cuestión de variedad o de altitud. Es también cuestión de trazabilidad. Hoy, cuando llega un remolque de aceituna a la almazara, el sistema registra la hora, la tolva, el depósito. Si mañana hay un problema en un depósito, se sabe exactamente de qué parcela vino esa aceituna y a quién pertenece. “Podemos ponerle cara a la persona que nos trae el producto”, explica Macario con orgullo.

Macario y Cesáreo son conscientes de que pertenecen a una generación que vivió la construcción de algo grande. Que los que vengan después recibirán instalaciones modernas, sistemas informatizados, capacidad para competir con cualquier gran productor de aceite. Pero también recibirán una responsabilidad: la de no olvidar por qué se construyó todo esto.

Al final de la conversación, Cesáreo lanza una reflexión que podría ser el lema de toda cooperativa que funciona de verdad: “Si no estuviera la cooperativa, dónde iríamos a parar los agricultores”. No es una pregunta retórica. Es la memoria viva de lo que ocurría cuando no había cooperativa: cosechas tiradas, puertas cerradas, dignidad pisoteada.

El aceite de Montes Norte no es solo un producto. Es la respuesta colectiva a esa pregunta. Y mientras haya quien recuerde de dónde viene, seguirá siendo lo que siempre fue: un aceite con historia, con tierra y con nombre propios detrás. Y, no olvidemos: excelente.

Las vidas de estos agricultores son el reflejo de todas las familias que forman parte de las cooperativas de Grupo Montes Norte, recordando con especial cariño a todos esos fundadores y por supuesto mencionando aquí a todas las que hoy forman parte de este proyecto y vida común: Almazarera la Encarnación, Ntra. Sra. de la Fe, La Cigüeña, Olivarera de Socuéllamos, S.C. Comarcal del Campo de Guadalmez y Alamillo, Grupo MN y Stmo. Cristo del Espíritu Santo.

Fuente: lanzadigital

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